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20/10/2017
El “Muro de Trump” que necesita la industria del salmón
Sin darnos cuenta, Trump (o Guillén) había generado con su idea una suerte de serendipia, un aporte involuntario que bien podríamos acoger e implementar en la industria del salmón nacional para llevarla a un estado de desarrollo sostenido verdadero.
19/12/2016


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El “Muro de Trump” que necesita la industria del salmón

Por Rodolfo Infante Espiñeira

MSc en Acuicultura, U. de Stirling, Escocia

infante.espineira@gmail.com

 

La historia del mundo nos ha demostrado, una y otra vez, que los grandes inventos y avances, muchas veces nacen de eventos fortuitos que inicialmente perseguían llegar a otros resultados.

¿Cómo no recordar el histórico "¡Eureka!",  famosa expresión atribuida a Arquímedes de Siracusa, tras descubrir casualmente que la corona del Rey Hierón II no era completamente de oro puro y así establecer las bases de la hidráulica actual ?  Este tipo de resultados fortuitos forman parte de lo que se conoce como serendipia, término aceptado por la Real Academia Española, que lo define como el “Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”.

Otra mundialmente famosa serendipia fue la del destacado científico escocés Alexander Fleming, quién mientras hacía cultivos microbiológicos puros de Staphylococcus aureus, sus placas se contaminaron casualmente con un hongo que inhibía el crecimiento de dicha bacteria, descubriendo luego que era la base de la penicilina, un producto que cambiaría la historia humana de la medicina. O más actualmente, en 1985 cuando Laboratorios Pfizer trabajaba en el desarrollo de un fármaco llamado sildenafilo para tratar la angina de pecho y la hipertensión, que luego finalizó con el Viagra… ¡Gran aporte, grande, muy grande!

¿Qué tenían en común Arquímides, Fleming, la gente de Pfizer y tantos otros genios que con una marcada cuota de fortuna revolucionaron su época con sus inventos y descubrimientos fortuitos? Que eran personas excéntricas, extrañas, fuera de lo común y, por lo mismo, considerados locos.

 

Otro de estos locos lo conocimos más de cerca en la recientemente terminada elección presidencial de los Estados Unidos, donde un excéntrico magnate, soberbio, autosuficiente, arrogante, intratable, racista y acosador, revolucionó al mundo con su propuesta de construir un muro en la frontera entre México y los EE.UU., para evitar el ingreso de inmigrantes desde el sur. La sola mención de ello le trajo una inmediata y contundente crítica mundial, generando una reacción antagónica expresada en miles de artículos periodísticos al respecto, y por supuesto, alejándolo automáticamente, según los expertos, de la posibilidad de llegar a la Casa Blanca. Todo el mundo se equivocó y hoy el electo Presidente Trump insiste con su alocada idea del muro.

Pero así como su esposa Melania copió el discurso de Michelle Obama, nosotros copiamos la salmonicultura de los noruegos, Donald Trump también copió la idea de su muro del mayor poeta cubano de todos los tiempos: Nicolás Guillén, autor de la eterna canción “La Muralla”, que hizo popular Quilapayún de Chile. En su letra dice que, a un lado de la muralla quedarían “la rosa y el clavel”, “la paloma y el laurel”, “el corazón del amigo”, “el mirto y la yerba buena” y el “ruiseñor en la flor”. En cambio, al otro lado de la muralla quedarían “el sable del coronel”, “el alacrán y el ciempiés”, “el veneno y el puñal” y “el diente de la serpiente”; claramente una representación del bien y del mal, separados entre sí para la prosperidad de uno, por sobre la extinción del otro.

 

Sin darnos cuenta, Trump (o Guillén) había generado con su idea una suerte de serendipia, un aporte involuntario que bien podríamos acoger e implementar en la industria del salmón nacional para llevarla a un estado de desarrollo sostenido verdadero.

Como hay que empezar de cero y toda idea puede ser mejorada, una aproximación ecológica para la construcción de esta hipotética muralla podría ser la utilización de los desechos que las industrias mitilicultora y salmonera han almacenado con particular visión futurista en el lecho marino, playas y otros en tránsito a la deriva. Indiscutiblemente el diseño ingenieril debe ser realizado por los responsables del Puente Cau-Cau de Valdivia. Pero los detalles constructivos son nimiedades dentro de este megaproyecto, lo importante es a quién ponemos de cada lado de la muralla, argumento base de su construcción.

 

Un amigo salmonero (quién solicitó mantener el anonimato y sólo me autorizó a informar que es de Santiago, con estudios en un colegio privado del barrio alto, titulado de la UC, Opus Dei y actualmente vive en una parcela en Puerto Varas) me dio algunas pautas para dicha separación. Me decía “Papelucho” (lo llamaremos por su alias que sólo describe su pelo y sobrenombre de pila) que a un lado debían quedar aquellos que elaboran vistosos protocolos de acuerdo a todas las regulaciones y al otro lado aquellos que las cumplen. Separar a los que trabajan en las concesiones marinas dentro de los límites otorgados y al otro lado los con límites elásticos y movedizos. No juntar a los que quieren “temporerizar” la actividad en las plantas de procesos con aquellos que contratan indefinidamente. A un lado los que entregan estadísticas alteradas a la autoridad y al otro los que sus números reflejan la realidad, sea esta buena o mala. Nunca mantener juntos a los de la política con los de los negocios. Siempre mantener al mismo lado del muro a los proveedores “coimeros” con los contratantes de insumos y/o servicios que las aceptan, separándolos de quienes velan por el solo bienestar de su empresa. Aquí Papelucho hizo un alto en su relato, recordando con emoción una anécdota de la infancia, cuando durante los veranos en Villarrica jugaba con su amigo Longueira a los “barquitos de papel”, tradición que sólo uno de ellos superó con los años.

Luego siguió, indicando que hay que separar la tentación de la colusión en los proveedores de la industria y también aprovechar de dejar en lados opuestos del muro a los que utilizan como marketing el acercamiento a la comunidad con aquellos que sí lo incluyen como parte del necesario desarrollo conjunto entre industria y comunidad.

Ubicar separadamente a los promotores y grandes consumidores de antibióticos de aquellos que, a riesgo de tener menores ganancias, optan por métodos más naturales. A un lado, poner a los que limpian playas con amplia cobertura periodística y, al otro, aquellos que simplemente no las ensucian. No mezclar a los que infringen constantemente la normativa de la SMA o del Sernapesca, con los que se esfuerzan por cumplirlas. Separar con el muro a los que ofrecen propiedades casi mágicas de sus servicios y/o productos, sacando partido de la desesperación de quienes los adquieren, que deberán quedar al otro lado. Nunca juntar a los cortoplacistas, que planifican la producción salmonera sin incorporar variables biológicas y ecológicas, con aquellos que tienen una mirada de sustentabilidad y cuidado del medio ambiente y bienestar animal. Separar a los que pretenden mantener las 850 mil toneladas, de aquellos que sugieren no pasar de las 600 mil.

 

De pronto y tras un breve cálculo, Papelucho empalidece y me indica que en un lado del muro estaría quedando casi el doble de personas que en el otro. Mueve la cabeza y comenta mientras sube raudo a su 4 x 4 petrolera 2017: “este Trump realmente es un loco. A quién se le podría ocurrir construir un muro en la industria salmonera…”.

 

Moraleja: La serendipia es buena, pero debe tomarse con cautela.

 

Revista Mundo Acuícola

Edición 110

Octubre-noviembre de 2016



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